El aburrimiento no es enemigo: la creatividad que nace cuando el niño no tiene qué hacer.

Y por qué responder con preguntas es más poderoso que resolverles todo

Hay una escena que se repite en muchísimas casas: el niño, con esa mezcla de fastidio y drama, se para frente a nosotros y dice esas dos palabras que activan una alarma interna en los papás modernos: "Estoy aburrido".

Y de inmediato, sin darnos cuenta, algo en nosotros se pone en marcha. Buscamos actividad, ofrecemos la tablet, proponemos un juego, sacamos el libro para pintar, encendemos la caricatura. Resolvemos, rescatamos y rellenamos ese vacío incómodo lo más rápido posible.

Pero, ¿y si te dijera que ese vacío, ese aburrimiento que tanto queremos apagar, es en realidad uno de los momentos más fértiles del día para tu hijo?

Lo que pasa dentro de un niño aburrido

Cuando un niño se aburre, su cerebro no está apagado. Al contrario: está trabajando en algo muy importante. Sin estímulos externos que lo entretengan, el cerebro se ve obligado a activar sus propios recursos: la imaginación, la memoria, la conexión de ideas dispares, la creación de escenarios internos.

La neurociencia lo llama la "red neuronal por defecto": es el modo en el que la mente entra cuando no está enfocada en una tarea concreta, y es justamente en ese modo donde aparecen las mejores ideas, las conexiones creativas, la resolución novedosa de problemas. Sin aburrimiento, esa red se activa muy poco. Sin ella, la creatividad se atrofia.

Los niños que se aburren, y a quienes se les permite atravesar ese aburrimiento, aprenden algo invaluable: que ellos mismos pueden ser fuente de su propia diversión. Que dentro de ellos hay algo que se puede activar y que no siempre necesitan que alguien más los llene.

Y en la vida adulta, esa habilidad se traduce en autonomía emocional, en capacidad de estar consigo mismo, en tolerancia al silencio, en creatividad para resolver la vida.

La incomodidad que sentimos los papás

Vale la pena preguntarnos:¿por qué nos cuesta tanto tolerar que nuestro hijo se aburra?

En parte es cansancio, en parte es culpa. En parte es porque vivimos en una cultura que nos enseñó que un papá "bueno" es un papá que entretiene, que estimula, que llena. En parte es porque cuando escuchamos "estoy aburrido" también nos resuena algo antiguo dentro de nosotros, algo que tal vez nos dijeron cuando éramos niños, algo que no queremos que nuestro hijo sienta.

Y entonces reaccionamos y resolvemos. Nos convertimos en el DJ, el animador, el proveedor infinito de propuestas. Y lo hacemos con amor genuino. Pero al hacerlo, sin querer, le estamos enseñando dos cosas que no quisiéramos enseñarle: que el aburrimiento es peligroso y que él no puede resolverlo solo.

La invitación: responder con preguntas, no con soluciones

Aquí va la práctica concreta que puede cambiarte muchas tardes. La próxima vez que tu hijo llegue con el clásico "mamá/papá, estoy aburrido, no sé qué hacer", respira antes de responder. Y en lugar de darle una solución, devuélvele una pregunta.

Por ejemplo:

"Qué interesante… ¿qué cosas hay en la casa con las que crees que podrías jugar?"

Al principio, es muy posible que tu hijo responda "no sé" o insista en que le resuelvas. No te desanimes, es totalmente normal. Es un músculo que hay que empezar a entrenar. Puedes acompañarlo con una siguiente pregunta:

"¿Quieres traerme tres cositas que se te ocurran? Yo te acompaño a buscarlas."

Y cuando lleguen con esas cosas enfrente: 

"Wow, mira todo lo que trajiste. ¿A qué crees que podríamos jugar con esto?"

¿Ves lo que está pasando aquí? En cada pregunta le estás devolviendo el poder a tu hijo. Le estás mostrando, sin decírselo, que confías en su capacidad de pensar, de proponer, de imaginar. Y le estás enseñando que un problema no siempre se resuelve con una respuesta ajena; muchas veces se resuelve con una pregunta propia.

Otras preguntas que puedes tener en tu mente para estos momentos:

  1. "Si pudieras inventar un juego que no exista todavía, ¿cómo sería?"

  2. "¿Qué es algo que hace mucho no juegas y hoy podría estar divertido?"

  3. "¿Qué tal si convertimos esta cosa en algo completamente distinto de lo que es?"

No son preguntas mágicas. Son puertas. Cada una abre un espacio distinto dentro de él.

Lo que estás construyendo en él sin que se note

Podría parecer una técnica sencilla, casi anecdótica. Pero lo que estás haciendo cuando practicas esto sistemáticamente con tu hijo es enorme, y vale la pena que lo sepas.

Estás construyendo su capacidad de agencia: la sensación profunda de que él es el autor de su propia experiencia, no solo el receptor de lo que otros le ofrecen.

Estás fortaleciendo su tolerancia a la incomodidad: el aburrimiento es un estado emocional levemente incómodo, y aprender a atravesarlo sin colapsar es un ensayo perfecto para atravesar incomodidades más grandes en la vida.

Estás modelando pensamiento reflexivo: cada pregunta que le devuelves le enseña que pensar tiene valor, que las respuestas no siempre están afuera. 

Estás cuidando su relación con el silencio y con el tiempo no productivo: un regalo enorme en un mundo que le exige estar constantemente ocupado.

Y estás formando su brújula interior: esa voz que un día, cuando sea adolescente o adulto y esté frente a una decisión difícil, va a saber preguntarse a sí mismo "¿qué me gustaría hacer aquí?" en lugar de esperar que alguien más se lo resuelva.

Y a ti, papá, mamá, esto también te cambia

Hay algo que pocas veces se dice sobre esta práctica: no solo transforma a nuestros hijos, nos transforma a nosotros.

Porque para poder devolver una pregunta en lugar de dar una solución, primero tenemos que regularnos nosotros mismos. Tenemos que tolerar unos segundos de nuestra propia incomodidad como papás, tenemos que confiar en que nuestro hijo puede. Tenemos que soltar la necesidad de ser el proveedor infinito de entretenimiento.

Ese pequeño acto de contenernos antes de resolver es un ejercicio de crianza consciente. Es pausar el automático, es elegir con intención, es responder en lugar de reaccionar.

Este verano, prueba

El verano es la temporada perfecta para empezar. Los días largos, los ratos sin actividades estructuradas, las tardes lentas: todo eso genera aburrimiento. Y ahora ya sabes que ese aburrimiento no es enemigo. Es maestro. 

La próxima vez que escuches "estoy aburrido", respira. Sonríe por dentro. Y en lugar de resolver, pregunta.

Vas a descubrir dos cosas muy bellas. Una, que tu hijo tiene mucho más adentro de lo que imaginabas. Y dos, que criar desde la pregunta, y no desde la solución constante, es una de las formas más profundas de decirle a tu chiquito:

"Confío en ti. Sé que puedes. Aquí estoy, pero este espacio es tuyo."

“Cada niño nace con una brújula interior. Y la crianza también nos invita a reencontrarnos con la nuestra”. - Sofía Meillon



Anterior
Anterior

Apego: el hilo invisible que le dice a un niño “estoy seguro contigo”

Siguiente
Siguiente

Hacernos amigos de nuestras emociones (el tabú que nos toca romper)