El berrinche no es el problema

Si eres mamá o papá, probablemente has vivido algo como esto, con un berrinche.

Estás en el supermercado.
O en casa después de un día largo.
O justo cuando por fin pensabas que todo estaba en calma.

Y de pronto… algo sucede.

La galleta se rompe.
No quieres comprar el juguete que vio en el súper.
Es momento de apagar la televisión.

Las razones pueden ser infinitas. Y entonces aparece el berrinche.

Llanto.
Gritos.
Cuerpo rígido.

Una emoción que parece demasiado grande para un cuerpecito tan pequeño. Y en medio de ese momento, muchos padres sienten algo más que frustración.

Sienten duda.

¿Estoy haciendo algo mal? ¿Por qué todo termina en drama?  ¿Será que lo estoy consintiendo demasiado? ¿Estoy siendo demasiado duro?

Si alguna vez te has hecho estas preguntas, quiero empezar diciéndote algo importante:

No estás solo.
Y aún más importante: El berrinche no es el problema.

Y definitivamente no son una señal de que estás haciendo algo mal como mamá o papá.

Lo que dice la ciencia del berrinche

La investigación sobre desarrollo cerebral muestra que los niños pequeños aún están construyendo las habilidades necesarias para regular sus emociones.

De acuerdo con el Center on the Developing Child de Harvard University, el cerebro continúa desarrollándose durante la adolescencia y hasta la adultez temprana, aproximadamente hasta los 25 años.

Esto incluye el desarrollo de habilidades llamadas funciones ejecutivas, como:

  • el control de impulsos

  • la regulación emocional

  • la toma de decisiones

Si lo pensamos así, resulta curioso.

A veces como adultos le pedimos a nuestro chiquito de 3 años que regule emociones con un cerebro que todavía estará en construcción por más de 20 años.

Por eso, cuando un niño pequeño se frustra o tiene un berrinche, muchas veces no es que no quiera controlarse.

Es que todavía está aprendiendo cómo hacerlo.

En ese sentido, un berrinche no es necesariamente un problema de conducta.

Muchas veces es una señal.

Una señal de que el niño necesita ayuda para volver a la calma.

Algo que muchos padres no saben

Hay algo que observo con mucha frecuencia al acompañar familias.

Cuando un niño tiene un berrinche, el adulto suele entrar en modo corrección.

Porque sentimos que es nuestra responsabilidad que todo esté “bien”.

Pero a veces confundimos algo importante.

Empezamos a creer que las emociones difíciles significan que algo está mal…
cuando en realidad son parte fundamental del aprendizaje y de la experiencia de vida.

Entonces intentamos:

Explicar.
Convencer.
Razonar.

O simplemente detener el llanto lo más rápido posible.

Pero en medio de una emoción intensa, el cerebro del niño no está en modo aprendizaje.

Está en modo supervivencia emocional.

Es como intentar enseñar matemáticas en medio de una tormenta.

Primero necesitamos ayudar al niño a volver a la calma.

Solo después puede aprender.

Dos cosas que realmente ayudan en un berrinche

1. Ser el regulador emocional

Cuando un niño pierde el control, el adulto se convierte en su referencia.

Si el adulto también se desregula —grita, amenaza o pierde la paciencia— el sistema emocional del niño suele intensificarse aún más.

Pero cuando el adulto logra mantener cierta calma, el cerebro del niño recibe un mensaje poderoso:

“Esto es difícil, pero podemos atravesarlo.”

No significa ser perfecto.

Significa intentar ser un ancla en medio de la tormenta.

Y cuando no lo logramos —porque somos humanos— aparece algo igual de poderoso: la reparación.

Volver.
Mirar al niño.
Y decir algo como:

"Hace rato grité y no fue la mejor forma de ayudarte. Perdóname mi amor. Vamos a intentarlo de nuevo."

Estos momentos no debilitan el vínculo.

Al contrario.

Le enseñan al niño algo profundamente valioso:

Que incluso cuando las cosas se rompen un poco…
también se pueden reparar.

Y que así como mamá y papá no son perfectos,
él tampoco necesita serlo.

2. Nombrar la emoción

Una de las herramientas más poderosas que podemos ofrecer a los niños es poner palabras a lo que sienten.

Por ejemplo:

"Querías seguir jugando y te enojó que fuera momento de irnos."

"Es frustrante cuando algo no sale como esperabas."

"Entiendo que estás muy molesto."

Esto no significa aprobar todo comportamiento.

Significa ayudar al niño a reconocer lo que está ocurriendo dentro de él.

Con el tiempo, esto desarrolla algo fundamental:

conciencia emocional.

Un cambio de perspectiva que transforma la crianza

Cuando empezamos a ver los berrinches como una oportunidad de aprendizaje —y no solo como un problema que hay que eliminar— algo cambia en la manera en que acompañamos a los niños.

Los berrinches no desaparecen de la noche a la mañana.

Pero cada uno puede convertirse en un momento donde el niño aprende algo muy valioso:

Que las emociones pueden sentirse grandes…

y aún así no tiene que atravesarlas solo.

Una idea para recordar

La infancia no necesita adultos perfectos.

Necesita adultos que estén dispuestos a aprender junto a los niños.

Porque criar no se trata de evitar todos los momentos difíciles.

Se trata de acompañarlos con conciencia.

Y ese, al final, es uno de los aprendizajes más importantes en el viaje de criar.

Cada niño nace con una brújula interior. Nuestro trabajo es ayudarles a descubrirla.

– Sofía Meillon

Fundadora de Zug Leben
Especialista en crianza y desarrollo infantil

El Viaje de Criar

Anterior
Anterior

Cuando criar se vuelve confuso