Lo que Toy Story 5 vino a recordarnos a los papás

Sobre pantallas, juego y por qué la infancia merece ser cuidada con todas nuestras fuerzas.

Hay películas que entretienen, y hay películas que llegan justo cuando la cultura las necesita. Toy Story 5 es de las segundas. Y como mamá, papá o cuidador, vale la pena detenernos a pensar qué nos vino a decir.

La nueva entrega de Pixar plantea una tensión que muchos papás llevamos sintiendo desde hace años, pero que pocas veces ponemos en palabras: ¿Qué pasa cuando los juguetes, el juego libre, la imaginación, empiezan a perder la batalla frente a las pantallas?

En la película, Bonnie ya no juega como antes. Ha llegado a su vida Lilypad, una tablet con forma de rana que la mantiene cautivada y que, casi sin que nadie lo note, desplaza a Woody, Jessie, Buzz y al resto de la pandilla. La amenaza no son juguetes nuevos. La amenaza es algo que muchos padres reales hemos visto en nuestras casas.

Que Disney y Pixar se hayan atrevido a contar esta historia es una señal cultural enorme. Y como adultos que estamos criando niños en plena era digital, vale la pena dejarnos tocar por lo que nos plantea.

El juego: el aprendizaje más serio de la infancia.

Hay una idea que como adultos a veces olvidamos: el juego no es lo que los niños hacen cuando no están aprendiendo. El juego ES su forma de aprender.

La pediatría, la neurociencia y la psicopedagogía coinciden desde hace décadas en esto. La Academia Americana de Pediatría publicó en 2018 un reporte clínico que afirma que el juego libre es tan esencial para el desarrollo infantil que debería considerarse, literalmente, un derecho. Y la UNESCO lo ha incluido como pilar de su enfoque en primera infancia.

¿Y qué exactamente está aprendiendo un niño cuando juega? Mucho más de lo que vemos. Cuando construye una torre, está aprendiendo física, equilibrio, causa y efecto. Cuando juega a la comidita, está desarrollando lenguaje, secuencia narrativa, empatía. Cuando juega con otros niños, está negociando, esperando turnos, leyendo emociones, resolviendo conflictos. Cuando juega solo con sus muñecos, está procesando lo que vive, ensayando roles, dándole forma a su mundo interno.

Y algo aún más profundo: en el juego libre, el niño es el dueño absoluto de la experiencia. Él decide, él imagina, él propone, él modifica. Esa sensación de agencia (de ser el autor de su propia experiencia) es una de las semillas más importantes para construir la autoestima, la confianza y, sí, la brújula interior.

El juego en pantalla no es lo mismo que el juego libre.

Aquí es importante hacer una distinción que muchas veces se pierde. Hoy existen juegos en línea, plataformas de streaming, videojuegos sociales donde los niños chatean con otros niños mientras juegan. Y algunos papás piensan: "Bueno, mi hijo está jugando, está socializando, ¿qué más quiero?"

Pero esos formatos, aunque tienen elementos lúdicos, no son lo mismo que el juego libre. ¿Por qué? Porque están diseñados por adultos para captar la atención el mayor tiempo posible. Porque las reglas, los premios, los caminos están predeterminados. Porque la creatividad del niño se mueve dentro de los límites que el algoritmo permite.

Porque la socialización mediada por pantalla carece de muchos elementos esenciales de la conexión humana real: el contacto visual, el tono de voz no editado, el lenguaje corporal, las pausas, los silencios incómodos donde justamente nace la regulación emocional.

Esto no significa que las pantallas sean el enemigo absoluto. Tienen su lugar, pueden ser herramientas valiosas en dosis justas y con propósito. Pero confundir "tiempo en pantalla" con "tiempo de juego" es como confundir una vitamina con una comida completa.

Los datos son contundentes: la Asociación Americana de Pediatría y la Organización Mundial de la Salud recomiendan cero pantallas antes de los dos años, máximo una hora al día entre los dos y los cinco años, y siempre con contenido de calidad y acompañamiento adulto. La realidad mexicana está lejos de eso, y los efectos empiezan a verse: retrasos en el lenguaje, dificultades atencionales, problemas para tolerar el aburrimiento, irritabilidad, sueño deficiente.

Lo que perdemos cuando perdemos el juego.

Cuando un niño deja de jugar (o más bien, cuando le es robada la posibilidad de hacerlo plenamente), no solo pierde un rato de diversión.

  • Pierde uno de los principales canales por los cuales se desarrolla emocional, cognitiva y socialmente.

  • Pierde la práctica diaria de imaginar mundos posibles, lo cual está directamente relacionado con su capacidad futura de innovar, de resolver problemas, de adaptarse.

  • Pierde el espacio donde procesa lo que siente, donde elabora sus miedos, donde ensaya quién quiere ser.

Y nosotros como adultos también perdemos.

  • Perdemos al niño que se tropieza con su propio asombro.

  • Perdemos las conversaciones espontáneas que nacen de un juego compartido.

  • Perdemos esa mirada del niño que descubre algo y voltea a buscarnos.

Cuidar la infancia es un acto de resistencia consciente.

Hoy, en este momento histórico, cuidar la infancia de nuestros hijos es un acto de resistencia consciente. Resistir a la facilidad de la pantalla cuando estamos cansados. Resistir a la presión social de que "todos los niños ya tienen". Resistir a la cultura del entretenimiento constante que nos hace creer que un niño aburrido es un niño con un problema, cuando en realidad el aburrimiento es el suelo fértil de la creatividad.

Esto no se trata de demonizar la tecnología ni de criar niños en una burbuja. Se trata de asumir, como adultos, la responsabilidad de proteger el tiempo, el espacio y la calidad del juego en la vida de nuestros hijos.

¿Cómo se ve eso en la práctica? Es tener una caja de bloques al alcance de la mano más fácil que la tablet. Es decir "vamos al parque" cuando sentimos la tentación de poner una caricatura. Es sentarnos en el piso a jugar con ellos, aunque sea quince minutos al día. Es respetar el silencio de un niño que está jugando solo. Es entender que cuando juega, está trabajando en lo más importante: en construirse a sí mismo.

El mensaje detrás de la pantalla

Lo más conmovedor de Toy Story 5 es que viene precisamente desde una pantalla para hablarnos del riesgo de las pantallas. Es una película hecha por adultos que entendieron algo profundo: que los niños de hoy necesitan que los adultos nos despertemos.

Que Disney y Pixar, dos gigantes de la industria del entretenimiento infantil, hayan elegido contar esta historia es una señal poderosa. Nos están diciendo, desde su propio lenguaje:

"Cuiden a los niños. Cuiden el juego. Cuiden la imaginación. No la pierdan."

Y como mamá, papá o cuidador que estás leyendo esto, ese mensaje también es para ti.

Tus hijos no necesitan más juguetes, más apps, más estímulos. Necesitan más tiempo contigo, más oportunidades de aburrirse, más invitaciones a usar su imaginación. Necesitan saber que el mundo real, el de los bloques de madera, las muñecas viejas, los palos en el jardín, sigue siendo un lugar mágico.

Porque al final, igual que en la película, los juguetes ganan no por ser nuevos ni brillantes, sino por algo mucho más profundo: por estar presentes cuando un niño los necesita. Que nosotros, los adultos, podamos decir lo mismo.

Cada niño nace con una brújula interior. Y muchas veces, la crianza también nos invita a reencontrarnos con la nuestra.

-Sofía Meillon











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